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Las siete palabras de Jesús en la Cruz

I. «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»

 

1- "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34). Gracias por haber pedido perdón por todos. Efectivamente, no es teoría: no sabían lo que hacían. Tenías razón. Ni siquiera los del Sanedrín, aquellos que conocían cuanto había dicho Moisés (Jn 5, 36-46). Te creían peligroso; uno que estorbaba sus planes religiosos y políticos; que podía ser un peligro para todo el pueblo, como profetizó sin querer el Sumo Sacerdote Caifás (Jn 11, 47-52). No habían leído ningún tratado de cristología, ni podían saber nada de lo que iban a decir de Ti los grandes Padres y los concilios ecuménicos del primer milenio cristiano. ¡Qué iban a poder saber los pobres de todo eso! Te juzgaban desde su situación, su cultura, sus intereses de tejas abajo; con su mentalidad político-religiosa, en un país ocupado y profanado por el ejército romano. Eras demasiado inesperado, sorprendente, en contradicción con sus entendederas. ¡Qué bien les conocías a todos, desde Pilatos a Herodes, al Sanedrín, a tus mismos desconcertados discípulos, a la gente que pedía y aplaudía lo que se le dijera (¡sucede también hoy!). Tú comprendiste y por eso perdonaste. A nosotros, en cambio, nos sucede lo contrario: tendemos a buscar y a encontrar siempre culpables de nuestros males; y nada nos resulta tan antipático como ver nuestros defectos reproducidos en los demás.

 

Sabiendo o no sabiendo lo que hacemos,

 sabemos que nos amas,

 porque ya hemos visto tus maneras

 en los ojos y en la boca de tu Hijo Jesús.

 Ya no eres más para nosotros el Dios terrible.

 ¡Sabemos que eres Amor!

 Sabemos que no sabes castigar...

 Tú eres un Dios vencido en la ternura.

 Tú esperas siempre, Padre, y acoges y restauras la vida

 hasta de los asesinos de tu Hijo

 (que somos todos nosotros).

 

¡Perdónalos! ¡Perdónanos!

 Atiende este pedido de tu Hijo en la cruz,

 prueba mayor de tu amor de Padre.

 

¡Y acógenos, oh Padre, oh Madre, oh cuna, oh casa

de cuantos retornamos buscando tu abrazo!

 

 

II. «En verdad te digo: hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso»

 

2- "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23, 39-43). Gracias porque el único santo canonizado por Ti fue un ladrón. Si las cosas están así, ¿quién no va a tener esperanza de ser salvado? Nosotros hubiéramos canonizado en vida a aquel valiente discípulo y a aquellas mujeres que te acompañaban con su ternura y compasión femeninas; y, desde luego, a tu dolorida madre. Y no a aquel sinvergüenza, al que llamamos ahora San Dimas ¡A buenas horas arrepentirse cuando ya no hay escape!

 

 

Tu corazón sin puertas, siempre abierto,

¡qué fácil es robarte el Paraíso!

Bandidos todos nosotros,

depredadores

del Cosmos y de la Vida,

sólo podemos salvarnos

asaltándote, Cristo,

en nuestro «hoy» diario-

esa Misericordia que chorrea en tu sangre...

 

Tu blando silbo de Buen Pastor nos llama.

Tu corazón reclama, impaciente,a todos los marginados,

a todos los prohibidos.

Tú nos conoces bien, y nos consientes,

hermano de cruz y cómplice de sueños,

compañero de todos los caminos,

¡Tú eres el Camino y la Llegada!

 

 

III. «¡Mujer, he ahí a tu Hijo! ¡He ahí a tu madre!»

 

3- "Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 25-27). Gracias por haber pensado en tu madre, viuda, y ahora perdiendo al único hijo..., y de aquella manera. Aquel joven valiente, junto a ella, te la iba a cuidar como se merecía. ¡Qué madre la tuya! Llevaba tiempo preparándose para esta sorpresa final...; desde aquella mañana de hacía tantos años en que se lo vaticinó el anciano Simeón cuando fuiste llevado al Templo para ser presentado al Padre (Lc 2, 35). ¡Qué entereza de mujer la suya! ¿Adónde habían ido a parar los Pedro, Santiago, Andrés..., que hacía pocas horas juraban que no te iban a abandonar, y estaban incluso dispuestos a morir contigo (Mt 26, 30-35)? ¡Menos palabras y más hechos! Solo quedaba aquel joven que te había caído en simpatía (el "discípulo amado") por su entusiasmo, fogosidad e inexperiencia; si bien él mismo reconoce honestamente en su Evangelio que "era conocido del sumo sacerdote" (Jn 18, 15-16), indicando tal vez que a él no le podían hacer nada mientras que los demás varones hubieran corrido serios peligros... Nosotros probablemente hubiéramos pensado en nosotros mismos, y nos hubiéramos escondido como los demás apóstoles, esperando que pasara la tormenta y que nadie nos delatara... Los entendidos dicen, además, que con este gesto quisiste confiar, en la persona de aquel discípulo, tu madre a la comunidad y la comunidad a tu madre; porque la Iglesia no existe sin María, ni María fuera de la Iglesia (Hech 1, 14).

 

Por causa de ese Hombre, el más totalmente humano,

¡tú eres la bendita entre todas las mujeres!

Madre de todas las madres, dulce Madre nuestra,

¡por causa de ese Hijo, hermano de todos!

 

¡Hagamos casa, pues, oh Madre!

¡Hagamos la familia de todas las familias de todas las naciones!

A cuenta de esa Carne, hermana de toda carne,

destrozada en la cruz, Hostia del mundo.

 

Cansados o perdidos,

necesitamos, Madre, tu agasajo,

sombra clara de Dios en toda cruz humana,

divina canción de cuna en todo humano sueño.

 

Queremos ser discípulos amados,

¡oh Maestra del Evangelio!

Queremos ser herederos de Jesús,

oh Madre, ¡vida de la Vida!

 

En ese cambio de hijos,

tú sabes bien, María,

que nos ganas a todos y no pierdes el Hijo

ya de vuelta a su Padre,

para esperarnos con la Casa pronta.

 

 

IV. «Dios mío, Dios, mío, ¿por qué me has abandonado?»

 

4- "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46-47). Tú que poco antes, durante la última cena, habías dicho a tus discípulos: "... Os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo" (Jn 16, 32). Gracias por no habernos escondido tu sensación de soledad. ¿Quién no se hubiera sentido solo, sumergido en semejante fracaso después de todo lo que habías intentado hacer a lo largo de tu vida? ¿Dónde se había escondido el Padre? Nosotros probablemente nos hubiéramos quejado acre y abundantemente? Gracias porque, pocas horas antes, en Getsemaní (Mt 26, 36-46; Heb 5, 7-10), oraste tu repugnancia a la muerte que te esperaba. Seguramente este sentimiento fue todavía más fuerte en la cruz, antes de encomendar tu espíritu al Padre. Si supieras el miedo, el pavor y la perplejidad que nos vienen a casi todos nosotros ante la puerta de la muerte... A algunos tu oración al Padre pidiendo que te librara de aquella angustia tan humana les ha escandalizado a lo largo de los siglos; a otros nos ha consolado y dado confianza. ¡Qué cercano a nosotros fuiste! Realmente te hiciste en todo semejante a nosotros, excepto el pecado (Heb 4, 15-l6). En Ti se cumplió anticipadamente lo que años más tarde dirá Pablo: "Cuando soy débil entonces es cuando soy fuerte" (1Cor 12, 10); la gracia del Padre se manifestó en tu debilidad

 

Todos nuestros pecados

se hacen hematoma en tu Carne, oh Verbo.

Todos nuestros rictus te deforman el Rostro.

En tu soledad se refugian

todas las soledades de la Historia Humana...

 

En tu grito vencido

(¡misteriosa victoria!)

detonan, oh Jesús, todos nuestros gritos ahogados,

todas nuestras blasfemias...

-Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

¿Por qué nos abandonas

en la duda, en el miedo, en la impotencia?

¿Por qué te callas, Dios, por qué te callas

delante de la injusticia,

en Rio o en Colombia,

en Africa, en el mundo,

ante los tribunales o en los bancos...?

¿No te importan los hijos que engendraste?

¿No te importa tu Nombre?

 

Es la hora de las tinieblas, del silencio del Padre,para su Hijo.

Es la hora de la fe, oscura y desnuda,

del silencio de Dios, para todos nosotros...

 

 

V. «¡Tengo sed!»

 

5- "Tengo sed" (Jn 19, 28).Gracias por tu sinceridad. ¿Quién no iba a tener sed después de haber perdido tanta sangre? Nosotros hubiéramos criticado interiormente a aquellos soldados: ¿no se podían dar cuenta ellos mismos de que por fuerza estabas sediento, deshidratado, Tú y los otros dos crucificados?

 

 

Tú tienes sed ¿de qué, oh Fuente Viva?

En el manantial quebrado de tu Cuerpo

los ángeles se sacian.

Y todos los humanos

bebemos en tus ojos moribundos

la luz que no se apaga.

 

Tierra de nuestra carne, calcinada

por todo el egoísmo que brota de la Humanidad,

tienes la sed del Amor que no tenemos,

ebrios de tantas aguas suicidas...

 

Sabemos, sin embargo,

que será de esa boca, reseca por la sed,

de donde nos vendrá el Himno de la Alegría,

el Vino de la Fraternidad,

¡la crecida jubilosa de la Tierra Prometida!

 

¡Danos sed de la sed!

¡Danos la sed de Dios!

 

 

VI. «Todo está consumado»

 

6- "Queda terminado" (Jn 19, 30). Gracias por tu humildad reconociendo que tu venida entre nosotros había concluido su misión. A nosotros nos cuesta reconocerlo cuando llega la hora según Dios; hora que no coincide con nuestros planes, cálculos y aspiraciones ¡podíamos haber hecho más, incluso por Ti! ¡hemos tenido poco tiempo para demostrar todo lo que valemos! A Ti te bastó muy poco: unos meses de vida pública, algún año apenas. Moriste tan joven...; ¿qué son poco más de treinta años? Según nosotros, hubieras podido rendir mucho más en milagros, en sabias afirmaciones y poéticas parábolas...; y, sin embargo, era ya más que suficiente.

 

 

De Tu parte, ¡sí¡

De nuestra parte,

nos falta aún ese largo día a día

de cada historia humana,

de toda la Humana Historia.

 

Tú ya lo has hecho todo, ¡Rey y Reino!

Todo está por hacer, a la luz del Reino,

en esta noche que nos cerca

(de lucro y de egoísmo,

de miedo y de mentira,

de odios y de guerras).

 

El Padre te dio un Cuerpo de servicio

y Tú has rendido el ciento, el infinito.

Todo está consumado,

en el Perdón y en la Gloria.

>Todo puede ser Gracia,

en la lucha y en el camino.

 

Ya has sido el Camino, Compañero.

Y eres, por fin, ¡la Llegada!

En tu Cruz se anulan

el poder del Pecado

y la sentencia de la Muerte.

Todo canta Esperanza...

 

 

VII. «¡Padre, en tus manos entrego mi Espíritu!»

 

- "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46). Gracias por tu fe, tu esperanza y amor incondicionales al Padre. Efectivamente, después de todo, en este mundo ¿qué nos queda sino confiar en El? Nosotros le hubiéramos reprochado su ausencia, su falta de justicia fulminante en favor nuestro. ¿No era Su causa la que estaba en juego? Te habían incluso provocado pidiéndote que bajaras de la cruz (Mt 27, 39-42); y Tú bajaste, sí, un poco más tarde, pero no sostenido por manos de ángeles, sino por los brazos nervudos y valientes de Nicodemo y José de Arimatea, dos que habían dado la cara por Ti en la discusión del Sanedrín y ahora incluso ante Pilatos (Mt 27, 57-60; Mc 15, 43-46; Lc 23, 50-53; Jn 19, 38-40).


Permíteme, Señor, todavía unas palabras a toda esta escena. Gracias por tus largos momentos de silencio, por tu respiro cada vez más jadeante y apagado; por tus frases durante aquellas interminables horas en la cruz: pocas, entrecortadas, salidas de lo más profundo, macizas, preñadas de esta típica mezcla humano-divina que te había caracterizado a lo largo de tu paso entre nosotros. Gracias porque no pediste a nadie que tomara nota de ellas (nosotros lo hubiéramos hecho, o al menos deseado: ¡era un momento tan importante!); pero, ¿cómo iban a olvidarlas aquel joven, tu madre y las parientas y amigas que te acompañaban en aquel trágico mediodía? ¿Y cómo se las iban a callar luego, dejando de transmitírnoslas? ¡Qué bien conocías a todos ellos! Y ¡qué bien nos conoces a nosotros!

Hay quien ha dicho que moriste en cruz, derramando toda tu sangre, porque solo así se podía aplacar la ira del Padre por nuestros pecados. Señor, ¡éste no es el Padre del que Tú nos habías hablado!; aquel Padre, misericordioso y con ganas de hacer fiesta, de la parábola del hijo pródigo (Lc 15). Tu Padre, nuestro Padre, no es un verdugo truculento, sediento de sangre. Al contrario, si hay algún padre "como Dios manda", éste solo puede ser Él. A parte el hecho de que, si te hubieran condenado los judíos, te hubieran apedreado como a Esteban (Hech 7,1-8,3) o a la adúltera (Jn 8, 2-11), e incluso intentaron ya hacer más de una vez contigo (Jn 8, 59; 10, 31-39).; y si hubieras sido ciudadano romano te hubieran decapitado, como sucedió según la tradición a un apóstol que era ciudadano romano: Saulo de Tarso (Hech 22, 25-29). La muerte en cruz era considerada demasiado humillante para un romano; los romanos crucificaban solo a no romanos. Podías haber muerto a los ochenta años plácidamente en una cama, rodeado por tus seguidores y parientes, y nos hubieras redimido igualmente; porque lo que nos redimió fue tu amor fiel al Padre y a nosotros con todas las consecuencias...; por eso, hasta la cruz si hubiera sido necesario... ¡y lo fue, debido a la envidia del Sanedrín y a la cobardía de Pilatos! No te arredraste ante nada ni ante nadie. Solo el abrazo crucificado con la muerte te pudo parar. El Padre, en cambio, estuvo contigo, como le pediste en Getsemaní, cuando tu humanidad se resistía a acabar de aquella manera (Mt 26, 36-46; Heb 5, 7-10). Los humanos conocemos bien este miedo y repugnancia al sufrimiento y a la muerte; ¡te comprendemos perfectamente! El Padre te sostuvo y te resucitó: ¡ésta fue su respuesta a tu oración! Así se comporta un padre cuando puede; y Él es el Padre por excelencia, del cual procede toda paternidad en el cielo y en la tierra (Ef 3, 15).

Descansa en paz, finalmente, Señor, aunque sea sobre la losa fría del sepulcro. El Padre está ya preparando la gran fiesta de la Resurrección. Quizás por eso parecía haberse ausentado del Calvario...; pero no, no era verdad. El estaba totalmente presente cuando experimentabas cómo solemos morir tus hermanos. De no ser así, ¿cómo hubiera podido ser tu Cruz y tu muerte el lecho en el que dejarnos caer serenos y confiados cuando llegue el final de nuestros días? ¿Qué punto de referencia hubieras sido si hubieras muerto viendo con tus ojos mortales al Padre, tranquilo y feliz, rodeado de ángeles, como te han pintado a veces nuestros artistas? No, nosotros no morimos así.

Como demostrará la resurrección después de la tragedia, el Padre no estaba lejos; al contrario, Te estaba arropando con el hueco de sus grandes manos. También en Ti se cumplió lo que veinte siglos más tarde dirá, en verso, uno de tus seguidores: "Y llegaré de noche, / con el gozoso espanto / de ver, / por fin, / que anduve, / día tras día / sobre la misma palma de tu mano" (P. Casaldáliga). Tanto si la noche ha sido plácida como borrascosa, nadie puede impedir que al día siguiente salga de nuevo el sol.

La fe cristiana se basa en una gloriosa tragedia, la de un amor humano-divino que permanece fiel durante la rutina de treinta años en un taller de carpintería (Mt 13, 55; Mc 6, 3), las tensiones de la vida pública, la ambigüedad del Domingo de Ramos y el drama de la Semana Santa. Una fe amorosa y esperanzada, toda ella transformada, incluso profundamente gozosa, porque desemboca en el Domingo de Pascua. Por eso, como decía Pablo, "Cristo es nuestra esperanza" (1Tim 1, 1); y "la esperanza no falla" (Rom 5, 5). De ahí que Pascua sea la fiesta más grande del año cristiano, y que todo domingo sea fiesta porque celebra la Pascua. Y de ahí que la vida del cristiano sea, suceda lo que suceda, una vida pascual: una fiesta.

 

Gloria de su Gloria, Dios de Dios,

de siempre igual a El,

Tú has venido del Padre.

Y ahora al Padre vuelves

desde nosotros, igual a nosotros,

Dios y Hombre para siempre.

 

En el seno del Espíritu

el Padre te acoge, Hijo Bienamado,

Amén de su Amor ya satisfecho.

 

La Muerte ha sucumbido en tu Muerte

como un fantasma inútil, para siempre.

Y en tus Manos reposan nuestras vidas,

vencedoras de la muerte, a su hora.

En tu Paz descansa esperanzada

nuestra agitada paz.

 

Descansa en Paz, por fin,

en la Paz del Padre, eterna,

Tú que eres ¡nuestra Paz!